Por: Oscar Clériga

Se trata de una de las imágenes más impactantes en la historia de los Juegos Olímpicos llena de valores y sentimientos. Derek Redmond nació en Bletchley, Reino Unido en 1965 y para Barcelona 1992 era uno de los grandes favoritos para ganar medalla en la prueba de los 400 metros planos.  

Pero viajemos en el tiempo a la década de los ochenta donde en 1985 Redmond estableció marca británica con 44.82 segundos en los 400m. En 1986 Derek ingresó al equipo 4×400 ganando la medalla de plata en el Campeonato Mundial.

Redmond aprendió una gran lección en los Juegos Olímpicos de Seul 1988, ya que, en la preparación para la primera ronda de los 400m sufrió una lesión en el tendón de Aquiles que lo dejó fuera.

Su capacidad de resiliencia lo llevó a 1991 donde todo el equipo Británico sorprendió al mundo en el Campeonato Mundial derrotando al gran favorito Estados Unidos, que se debió conformar con la plata mientras Derek y sus compañeros Roger Black, John Regis y Kriss Akabusi festejaban la consecución del oro.

En 1992 Derek estaba en su mejor forma física y de resultados, por lo cual, el olimpismo esperaba una gran batalla en la pista. Redmond de inmediato dio un golpe en la mesa al registrar el tiempo más rápido en la primera ronda de los 400m, posteriormente sin dificultades superó los cuartos de final.

La semifinal inició sin sobresaltos, Derek era líder, dominaba la prueba su tiempo era casi perfecto hasta llegar a los 250 metros de la carrera, fue ahí donde el destino lo tocó.

El estadio comenzaba a ovacionar a los atletas con la mirada sobre el carril número cinco donde ‘un pop chistoso’ fue escuchado y sentido por Redmond, esa expresión se hizo famosa, ya que, el desgarre en el muslo fue descrito por el propio Derek como un pop chistoso.

Los ojos del mundo se postraron sobre el británico que se puso una rodilla en el piso, al tiempo de tomar su pierna con la mano, mientras la carrera continuaba. El corazón y la voluntad de Derek lo hizo levantarse y seguir en la pista dando pequeños saltos sobre la pierna izquierda, así comenzó a recorrer los 150 metros que faltaban.

El estruendo del público llenó el tiempo y el espacio, nada importaban más que ver la resistencia y valor de Redmond, incluso la señal internacional se centró en el seguimiento del corredor con el número 749 en el pecho, quien en su mente pensaba incluso en lograr el tiempo para calificar.

Su rostro decía todo lo contrario, apretaba los dientes, miraba el piso luego al cielo, mientras lograba saltar un poco más gracias al impulso de los aplausos y gritos de aliento que bajaban desde la colmada tribuna.

Faltando menos de 50 metros para la línea de meta, la pierna izquierda no soportó más y parecía detener a Derek ante los gritos y sorpresa de todos los presentes, en la señal de televisión que enfocaba los pies de Redmond, aparecieron otro par, era su padre.

Los espectadores pasaron de los aplausos a las lágrimas y viceversa; el gesto de Jim Redmond hizo y hace que los sentimientos se pongan a flor de piel. Sujetó a su hijo por la cintura y un brazo, para fungir como apoyo y así acompañarlo hasta el final de la prueba, cruzaron la meta juntos sin importar el lugar, sin importar el tiempo.

Han pasado 29 años y ver el llanto en el rostro de Derek Redmond en video y/o fotos consolida el valor de la familia, el pilar inquebrantable de un padre.