Por: Óscar Cleriga

Anton Geesink pasó a la historia por ser el primer judoka no japonés en conseguir el oro olímpico, gesta conseguida en los Juegos Olímpicos de Tokyo 1964 donde el deporte nacional se incluyó en el programa olímpico para que la nación del sol naciente festejará en cada categoría, pero el holandés en los pesos libres dio la sorpresa.

La historia de su vida para Geesink quien desde su nacimiento siempre fue contra la lógica y la naturaleza le otorgó un cuerpo de casi 2 metros y 120 kilos que haría llorar a Japón 1964.

Anton nació en Utrech, Holanda el 6 de abril de 1934, en un entorno de pobreza a la edad de 12 años las carencias económicas lo obligaron a trabajar en la construcción. Dos años después el destino lo puso frente a un judogi y las cosas dieron un giro.

A los 17 años consiguió la medalla de plata en el Campeonato de Europa, fue el inicio de su colección de medallas europeas que llegó a 21 coronas en el viejo continente. Geesink tomó la determinación de irse a vivir a Japón y aprender la técnica del judo en sus raíces.

Anton coronó su vida deportiva en Tokyo 1964, el impresionante Budokan, pabellón que tiene tintes de santuario y que albergaba 15,000 espectadores era el gran templo del judo en aquellos años, donde el ídolo local Akio Kaminaga debía consagrarse.

En nueve intensos minutos Kaminaga y Geesink impactaron al mundo con una final que entraría en la historia por la evolución de cada uno de los judokas donde el holandés venció al gran favorito y dejó incrédula a la afición local pero sobre todo dolida.

La victoria de Geesink con el pasó del tiempo siguió creciendo al punto de haber sido condecorado en 1997, con la Orden del Sagrado Tesoro otorgado por el gobierno de Japón.

Tras su retiro Geesink ocupó diversas responsabilidades en la promoción y enseñanza del judo y durante 23 años fue miembro del Comité Olímpico Internacional, además de llegar a ostentar el 10º Dan.

Murió el 27 de agosto de 2010 a los 76 años en su ciudad natal, el mundo del judo lloró su pérdida ya que su hazaña quedó marcada para siempre en los anales del olimpismo.