Por Óscar Clériga

Los Juegos Olímpicos son el pretexto perfecto para escribir historias de superación. Foto: Reuters

Lo importante no es ganar sino competir, dijo el Barón Pierre de Coubertin y en los Juegos Olímpicos de Tokyo 1964, Ranataunga Karunananda dio muestra de la importancia de ese legado.

Si bien es cierto todos los atletas sueñan con la gloria olímpica, pero muchos saben que ganar una medalla está fuera de sus posibilidades, tampoco buscan ser humillados.

Los 10,000 metros en Tokyo fueron una historia inmortal. El atleta de Sri Lanka antiguamente llamada Ceilán Británico, una nación que logró su independencia tan solo dieciséis años antes de los Juegos de 1964, brindó una lección de vida.

Ranataunga Koralage Jayasekara Karunananda había inscrito su nombre completo en el olimpo, tras conseguir la marca para participar en los 5,000 y 10,000 metros. En Tokyo con su número 67 en el pecho era superado por el grupo de líderes que peleaba por llegar a la recta final en los 10 mil.

Cuando el eventual ganador aceleró para ganar dramáticamente, Karuananda tenía el mejor lugar, una vista perfecta, solo unos metros por detrás. Sabiendo que era el último lugar y además con cuatro vueltas menos, escuchó el estruendo del público presente y no claudicó.

Podría haberse detenido en cuanto vio cruzar la meta al grupo líder, se hubiera unido a los nueve corredores que no terminaron la carrera; pero no, el oficial del ejército de Sri Lanka, conocido por sus amigos como Karu, siguió adelante.

Los presentes en el estadio y los comentaristas en las diferentes señales al principio estaban desconcertados. ¿Por qué este tipo seguía corriendo y corriendo y corriendo? Era la pregunta que se escuchaba en el inmueble.

Karunananda volvió a escuchar el estruendo del estadio aún con tres vueltas para terminar, la multitud comenzó a vitorear al solitario corredor. Incluso Wiiliams Mills ganador de la competencia quería dar la vuelta olímpica para celebrar su triunfo y su récord olímpico con registro de 28:24,4 pero un oficial japonés le pidió que se quedara quieto, ya que la carrera seguía en marcha.

En lugar del medallista de oro, ahí estaba el último lugar siendo bañado en vítores por parte de 70,000 aficionados en el estadio y acompañado por relatos emotivos en la televisión.

El clímax llegó cuando Ranataunga Koralage Jayasekara Karunananda entró en la última curva, salió de ella para tomar la recta final, cruzó la meta bajo un estruendo imponente, una ovación de pie.

Los registros de la época manifiestan que, Karunananda dijo a los periodistas ya en la Villa Olímpica: “El espíritu olímpico nos dice que lo importante no es ganar, sino competir. Entonces vine aquí, participé y completé mis vueltas”.