Por: Oscar Clériga

Karin Balzer (Alemania), Teresa Cieply (Polonia) y Pam Kilborn (Australia)
Karin Balzer (Alemania), Teresa Cieply (Polonia) y Pam Kilborn (Australia) en su competencia | AP

Cuando el Comité Olímpico Internacional en 1959 concedió a Tokio la sede para los Juegos Olímpicos de 1964, el presidente de Seiko, Shoji Hattori, se fijó una meta, convertir su marca en el cronómetro oficial de los Juegos.

Para 1960, Hattori envió un telegrama a uno de los gerentes de la sección de diseño de su reloj, Saburo Inoue, con instrucciones que cambiarían para siempre el destino de la compañía japonesa de relojes, a la letra decía: “Tenemos la intención de manejar las tareas oficiales de cronometraje. Vaya a los Juegos Olímpicos de Roma en agosto y observe los procedimientos de cronometraje”, veinticinco palabras que marcaron el inicio de una nueva época.

En aquellos días, era prerrogativa del Comité Organizador local seleccionar la empresa que suministraría los cronómetros y la ley de probabilidades indicaba que elegirían a los relojeros suizos ya probados como lo eran, Omega o Longines, hasta entonces, las únicas firmas para asegurar tiempos precisos en la justa olímpica.

Hattori y su grupo comenzaron a trabajar en proyectos relacionados con los Juegos Olímpicos. Desde relojes grandes de pared, cronómetros, cronómetros de cristal y una nueva idea, un dispositivo que pudiera registrar los tiempos de los competidores justo al finalizar una carrera.

Esos nuevos “relojes” los nombraron cronómetros de impresión y eso revolucionó la forma en que se determinaban los resultados de las competencias para siempre.

Esa máquina tuvo impacto significativo en los Juegos Olímpicos de Tokyo 1964, en la final femenil de 80 metros con vallas. Era el 19 de octubre, en el Estadio Nacional, Karin Balzer de Alemania y Teresa Cieply de Polonia, en un final impresionante, Karin Balzer (Alemania), Teresa Cieply (Polonia) y Pam Kilborn (Australia) tocaron la cinta de meta aparentemente en un empate con 10.5 segundos y a pesar de los numerosos oficiales con cronómetros de mano que medían en décimas de segundo, no podían determinar una ganadora.

Afortunadamente, tenían un plan alternativo: la última tecnología de cronometraje de Japón, el cronómetro de impresión. Mejor conocido como final de fotografía (Photo Finish).

Cuando las corredoras llegaron a la meta, se había tomado una fotografía con una cámara de hendidura, que en treinta segundos, el negativo de la imagen se transmitió como una imagen y en tres minutos se convirtió en una impresión positiva.

Gracias al cronómetro de impresión, se reveló que Balzer tuvo un tiempo de 10,54 segundos, 0,01 segundos menos que Cieply, que también estaba solo 0,01 segundos por delante de Kilborn.

Ese instante terminó por cambiar la historia, sin duda 1964 fue el momento de Japón.