Por: Oscar Clériga

Tokyo 1964
Juegos Olímpicos de Tokyo 1964 | AP

En la vida a menudo hay sacrificios, sin importar si son grandes o pequeños, todos son en pos de un bien mayor. La cultura japonesa prioriza al grupo sobre el individuo. Los sacrificios del individuo por el grupo son loables, simbólicos, con un valor absoluto en la sociedad.

Los Juegos Olímpicos de Tokyo 1964 dejaron historias de vida, de inspiración, como la de los hermanos Käll de Suecia, dos regatistas que quedaron decimoctavos en la general pero se colgaron la medalla de oro en en los corazones de los japoneses.

El 14 de octubre Stig Lennart Käll y su hermano Lars Gunnar Käll, navegaban en la tercera regata de siete cuando vieron un barco volcado frente a ellos con los dos tripulantes flotando junto a su nave en el medio de la bahía de Sagami.

Sin contemplaciones y con una decisión rápida, los hermanos Käll se dirigieron hacia el bote para sacar del agua al australiano Ian Charles Winter; posteriormente rescatar a John Gregory Dawe. El navio volcado llamado ‘Diablo‘ fue dejado ahí en espera de ayuda del Comité Organizador.

Fue una regata accidentada, ya que además de los australianos, otras seis embarcaciones no terminaron la carrera. Pero los suecos sí lo hicieron y con dos pasajeros más, es cierto que cruzaron la meta en el último lugar pero terminaron la carrera.

La hazaña de la tripulación sueca de inmediato causó furor y se publicó en la prensa japonesa. La reacción de la gente tuvo diversas formas y manifestaciones una de ellas el impresionante número de cartas y obsequios a los dos marineros suecos.  El pueblo de Japón nombro de forma honoraria a los hermanos Käll como “embajadores del sacrificio por el bien común”.