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19 de julio, un día de Inauguraciones Olímpicas

| Redacción Marca Claro

El próximo 23 de julio se llevará a cabo la inauguración de Tokyo 2020 | AP

Por Oscar Clériga | Twitter: @Cleriga

La cuenta regresiva está en pleno para la Ceremonia de Inauguración de los Juegos Olímpicos Tokyo 2020 y este día merece la pena recordar tres de estas en la historia, celebradas en 19 de julio: Helsinki 1952, Moscu 1980 y Atlanta 1996.

Finlandia fincó su fiesta Olímpica con un dejo de revancha con el Comité Olimpico Internacional en la ceremonia inaugural. Como suele suceder, el secreto mejor guardado es el último relevo de la antorcha, ese personaje o esos personajes que encienden el pebetero; Finlandia se fundió en un solo grito al ver a “Nurmi” con la antorcha en la mano entrando al estadio donde setenta mil espectadores hicieron erupción coreando: “Nurmi, Nurmi, Nurmi”, bajo la sorpresa de los directivos del COI; pero, ¿por qué? En Los Angeles 1932 no le permitieron terminar su extraordinaria trayectoria, al no autorizar su participación en la maratón, por acusaciones de estar en el profesionalismo a Paavo Johannes Nurmi.

Pero la sorpresa continuó en el momento que Nurmi pasó la antorcha al gran campeón en Estocolmo 1912, Hannes Kolehmainen, quien en ese momento tenía 62 años. Fue el encargado de encender la llama olímpica en todo lo alto de una gigante torre con 72.71 metros, registro de distancia que lanzó la jabalina Matti Jarvinen para ganar el oro en Los Angeles 1932. Fue así como Finlandia honró a sus dioses del olímpo.

Nurmi poniendo fuego al pebetero olímpico | AP

Para 1980, el 19 de julio vio inaugurados los Juegos en Moscu. Esa justa que pasarán los años y seguirá siendo enmarcada por “Los Juegos del Boicot”, pero ahí en la capital del comunismo con su Plaza Roja y su Puerta de Hierro, las cuales llevaron a cabo sus Juegos, disfrutando el Kremlin, el metro, el Bolshoi, el circo ruso, el río Moscova. «Modestia y comodidad», era el lema. El Estadio Lenin con 30 años de existencia pero remodelado para la ocasión, con capacidad para 103.000 espectadores fue testigo de una ceremonia maravillosa.

La plasticidad del ballet cubrió el campo maravillando al mundo al compás de la cautivante música rusa; arte, en una sola palabra. Ahí reinó la perfección. Lo que hizo olvidar por un momento el contraste de las 18 delegaciones desfilando detrás de la bandera olímpica. Por primera vez, los espectadores presentes en una inauguración fueron parte de la misma, una de las tribunas formó la imagen de la mascota oficial de Moscu 80, el querido y simpático oso Misha saludaba al mundo para nunca irse del corazón.

Llegamos a 1996, el año del centenario donde Atlanta fue la sede creando polémica al no ser Atenas, Grecia. La ciudad que festejara los 100 años del olimpísmo. Los Estados Unidos, lejos de entrar en dimes y diretes, trabajó para maravillar al orbe y lo hizo

Fue un espectáculo portentoso, no podía ser de otra manera. La parte creativa superó el sentido de la competición, esa idea arraigada como en ningún otro país, una nación vinculada a un orgullo enorme.

Ese sentimiento que dio una combinación de knockaut al corazón en el momento cumbre de la ceremonia, el encendido del pebetero. Durante semanas y sobre todo las horas previas, se manejó bajo la nomenclatura de “secreto de estado”, quien encendería la llama el 19 de julio de 1996.

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La ovación tronó en el momento que Evander Holyfield, medallista en Los Angeles 84 y campeón del mundo de pesos completo, tomó la antorcha en los metros finales, era una opción lógica y merecida; aunque como buenos creadores de historias, el final no era ese pues se trataba de un preámbulo. Fue el primer golpe de una tradicional y siempre efectiva combinación 1-2, haciendo la analogía con el boxeo.

Uno de los máximos representantes del boxeo encendiendo la antorcha | AP

Holyfield llegó a lo más alto del estadio, donde estaba el pebetero. Se detuvo y una luz iluminó a Muhammad Alli, con 54 años de edad, de pie, con la mirada fija en el horizonte, su cuerpo estremecido, tomando la antorcha, era el último relevo, Alli fue quien encendió el fuego olímpico pero sobre todo elevó el espíritu olímpico. El más grande de todos los tiempos, el legendario boxeador peleaba contra el mal de Párkinson que lo afectaba desde los años ochenta.

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